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lunes, 16 de enero de 2012
VISITA INESPERADA
El buque que se ve en la imagen anterior es el "City of Limerick", nave de pasajeros que tenía capacidad para 100 personas en primera clase. En octubre de 1863, un señor de apellido Wilmot era precisamente uno de esos pasajeros y se hallaba viajando desde Liverpool (Inglaterra) hacia su patria, USA.
Diez días después de iniciada la travesía, Wilmot se hallaba leyendo en su cama cuando, evidentemente, el sueño le venció. Vio que la puerta del camarote se abría y por ella entraba su esposa (que en realidad estaba en su hogar en Connecticut). La señora Wilmot se acercó a la cama de su marido, dudó un poco al ver despierto al compañero de camarote, pero al fin se aproximó al esposo y le dio un apasionado beso. Tras de lo cual se fue.
"¡Qué sueño agradable!", pensó el señor Wilmot cuando despertó casi enseguida. Extrañaba mucho a su esposa y no eran tiempos de comunicaciones ágiles. Al final volvió a dormirse, más reconfortado.
Al día siguiente, cuando fue a desayunar al salón comedor, se sentó a la mesa de su compañero de camarote, un señor de apellido Tait, con quien solía compartir amables charlas. Tait era un hombre muy religioso, bienhumorado y culto. Pero esa mañana estaba hosco y agrio.
Cuando Wilmot le preguntó si se sentía bien, Tait le dijo que su salud estaba perfecta, pero que jamás había podido imaginar que su compañero de camarote fuese un bribón. Y acto seguido se despachó sobradamente:
"¿Usted cree que soy tonto? Porque ví con mis propios ojos a esa señorita que entró al camarote y dio ese espectáculo. Pensé que era usted un hombre de familia, pero evidentemente me equivoqué."
Boquiabierto, Wilmot apenas atinó a mostrarle un retrato a Tait, preguntándole si esa era la mujer que había visto. La cual no era otra que su esposa. Y Tait lo confirmó.
Pero si el asunto era extraño, se puso más raro aún cuando Wilmot llegó a Connecticut.
La señora de Wilmot le contó a su marido, antes que él pudiera decir nada, que una noche se había sentido particularmente ansiosa sobre el viaje en barco que éste realizaba. Finalmente se había quedado dormida y había soñado que "volaba" sobre el mar tormentoso, hasta llegar al buque y entrar en el camarote, dándole un gran beso pese a notar la presencia de un compañero de camarote (al que describió con las facciones del señor Tait).
El caso fue exhaustivamente analizado por la Sociedad para la Investigación Síquica de USA, que no pudo hallarle explicación alguna.
Bastante extraño sería que tres personas tuvieran idéntico sueño la misma noche, pero es imposible que dos de ellas, desconocidas entre sí, figurasen al otro exactamente como era.
Un misterio sin solución.
miércoles, 21 de diciembre de 2011
EL SONIDO DEL MIEDO
Algunos de los descubrimientos más extraños son hechos debido a un elemento especial: la mayor de las casualidades. Veamos, por ejemplo, lo que descubrió Vic Tandy a principios de los años '80 del siglo pasado.
El señor Tandy era un ingeniero británico que se especializó en tecnologías de la información.
A inicios de los años '80, trabajaba en una empresa de equipos para medicina, cumpliendo tareas en el departamento de investigación y desarrollo.
Una noche, nuestro amigo Vic se quedó trabajando hasta muy tarde. Tan tarde que se hizo de noche y él quedó solo en el laboratorio. Aunque en cierto momento, pensó que tenía compañía indeseada.
El ingeniero estaba reparando un equipo cuando, en cierto momento, comenzó a tener una extraña sensación de desasosiego. Se puso tenso, comenzó a sudar y se le erizaron los pelos de la nuca.
Se estaba preguntando si la causa sería el cansancio por una larga jornada laboral, pero en eso la sensación empeoró: tuvo la clara percepción de no estar solo en el recinto.
Trató de convencerse de lo irracional de su idea, pues sabía que no había nadie en el laboratorio: apenas un guardia de seguridad en una caseta exterior, ese era el ser humano más próximo.
Y precisamente cuando estaba haciendo ese razonamiento, captó una silueta con el rabillo del ojo.
Giró espantado en la silla, pero allí no había persona alguna. De todas formas, no se quedó para averiguar lo que pasaba. Se fue bien rápido a su casa, donde le esperaba un merecido descanso y tenía un fin de semana por delante.
Al otro día, medio olvidado del asunto, decidió dedicarse a uno de sus hobbies: la esgrima. Tomó sus armas, las limpió concienzudamente, practicó un poco con una de ellas y, en medio de ello, paró para atender el teléfono.
Cuando volvió a su garage, donde estaba practicando, notó otra vez la desagradable sensación de miedo y desasosiego que se había apoderado de él la noche anterior.
Pero esta vez, tuvo la suficiente presencia de ánimo para notar algo interesante: la hoja de su florete vibraba todavía. ¿Sería posible que esa vibración fuera la causante de la sensación experimentada?
Quizás la vibración provocara un sonido cuya frecuencia fuese similar a la del equipo que trataba de reparar Tandy. Era una hipótesis interesante y el ingeniero puso manos a la obra para llevarla a la práctica.
No fue tan sencillo como esperaba, porque cuando volvió al laboratorio no encontró que el equipo defectuoso produjera un infrasonido parecido al esperado. Luego de ensayar diversas combinaciones y posibilidades, dieron en el clavo: un extractor de aire recientemente instalado, causaba un infrasonido que se detectaba precisamente en el escritorio de Tandy.
La frecuencia era, específicamente, de 18,98 Hz.
Curiosamente, cuando Tandy publicó su hallazgo (en colaboración con un físico, el doctor Lawrence) debidamente documentado y fundamentado, se alzaron varias voces que alegaron que ya sabían que esa frecuencia tenía efectos secundarios desagradables para el ser humano.
Pero que se sepa, esta fue la primera vez que se relacionó una frecuencia de sonido con la sensación de ver un fantasma.
jueves, 8 de diciembre de 2011
MIL MILLONES DE DÓLARES, PERO EL MIEDO PUEDE MÁS
El señor de la foto se llama Mukesh Ambani. Y estoy seguro de que ese nombre no le suena para nada a los amables lectores del blog, como a mí tampoco me sonaba. Prueba cabal de que el mundo posmoderno, por más que se nos diga que está globalizado, continúa siendo "de entrecasa".
La cuestión es que don Ambani es el hombre más rico de India, con una fortuna estimada en 27 billones de dólares. Como la referencia la estoy tomando de un sitio yanqui, supongo que un "billón" equivale a mil millones de dólares (esa esa la notación yanqui), en vez de representar un millón de millones.
De todas formas, es un dineral, ¿no? Pero no es eso de lo que quiero hablarles hoy.
La cuestión es que el amigo Ambani se mandó hacer la vivienda de sus sueños, a un costo de (otra vez los billones) un billón de dólares. Y el resultado es éste:
La construcción se llama Torre Antilia. Tiene 173 metros de alto, distribuídos en 27 pisos, más parking para 160 autos, tres helipuertos, sala de cine para 600 personas y muchas cosas más.
Contra lo que pueda pensarse, no fue levantada para ser vendida, sino para ser habitada por la familia Ambani....que consta de cinco personas (un poco excesivo el espacio, como que podés perder a algún miembro de la familia durante varios días).
En fin, el asunto es que, después de tanto gasto, don Ambani no quiere habitar su torre.
¿Por qué? Porque dice que el lugar contiene un conjuro de mala suerte.
Las especulaciones han estado a la orden. Hay quien dice que en India existe algo parecido al Feng Shui chino, una disciplina que se llama Vastu Shastra y que regula la buena o mala disposición de una construcción y sus ambientes, con los resultados que eso trae aparejados a quienes la habiten.
Sin embargo, como fue el propio millonario quien dio las ideas fundamentales de la torre, aprobó el proyecto y supervisó el avance, no parece razonable suponer que recién cuando estuvo terminado se dio cuenta de que algo estaba mal diseñado.
Más extraña es la otra explicación que surgió, pero tiene la ventaja de aclarar por qué la torre tiene tantas habitaciones (cientos, literalmente): al parecer, hace tiempo que don Ambani es perseguido por demonios nocturnos, que se hacen presentes en su sueño.
En busca de despistarlos fue que proyectó cambiar de vivienda, diseñando una torre con suficientes habitaciones como para mudar su dormitorio asiduamente.
Pero los demonios le habrían advertido en sueños que conocían su plan.
¿Un hombre atormentado por demonios? Puede ser, sobre todo teniendo en cuenta que posee veintisiete mil millones de dólares y cuenta con vecinos que mueren de hambre en las calles de Mumbai (donde está ubicada su costosa torre).
lunes, 21 de noviembre de 2011
DISFRUTANDO DE LA FERIA
No se puede negar que, para el año 1916, la señora Edith Oliver era lo que se dice una chica de avanzada. Viajaba sola y, por si fuera poco, manejando su propio auto.
Con la finalidad de visitar amigas, cierto día de octubre de ese año emprendió el viaje desde Devizes a Swindon (Inglaterra).
Puesto que el tiempo no la apremiaba en absoluto, Edith decidió viajar de la forma más placentera posible. Si le apetecía desviarse un poco de la ruta y conocer algún lugar, lo haría. Si quería pasear por algún sitio en particular, lo haría.
En esos tiempos, se ve que ir de un lugar a otro no consistía en subirse a un auto y emprender un rush digno de "Rápidos y furiosos" sin mirar a los costados. Edith se tomó su tiempo.
Uno de los sitios que Edith quiso conocer en su trayecto fue Avebury. Se había desviado de la ruta principal para tomar caminos secundarios y luego simples sendas vetustas, desde las cuales se veían antiguos megalitos que se encuentran en la zona.
Finalmente, llegó a la población de Avebury casi a la noche. Lo primero que le llamó la atención fue una feria que se estaba llevando a cabo. Edith circuló por una avenida de piedra, con su coche prácticamente a paso de peatón. Eso le permitió observar los kioscos, los comercios, las atracciones, las familias disfrutando de todo el espectáculo.
Lo que vio le gustó. Lo suficiente como para decidir volver algún día y disfrutar ella también de la feria de Avebury. Así se lo comentó a sus amigas cuando llegó a Swinton. Y tanto las entusiasmó que decidieron visitar ellas también esa feria algún día.
Las vicisitudes de la vida hicieron que recién nueve años después, en 1925, pudieran Edith y sus amigas emprender esa excursión que habían programado. Pero al llegar a Avebury les esperaba una sorpresa.
Unas calles vacías mostraban un panorama muy distinto del deseado. Pero Edith no perdió la esperanza, pues no había logrado aún ubicar la avenida por la cual había manejado en 1916. Seguramente la feria se encontraría allí. Era cuestión de preguntar.
Y preguntaron, claro que preguntaron. En varios comercios, a varias personas, hasta en la alcaldía incluso.
La respuesta, siempre la misma, las dejó petrificadas: desde 1850, estaban prohibidas las ferias en la población de Avebury. Quien quisiera montar una feria, debía instalarla en las zonas rurales.
Y la avenida de piedra por la que había manejado su auto...no existía desde el año 1800.
El caso fue estudiado por la Society for Psychical Research y por diversos investigadores de ese campo, que no pudieron encontrar explicación alguna. Permanece como un misterio.
miércoles, 16 de noviembre de 2011
UN PINTOR MUY ESPECIAL
Admitamos que esta no es la imagen que usted esperaría de un pintor. Pero sucede que Augustin Lasage (1876-1954) no fue un artista común y corriente.
En realidad, nadie esperaba que Augustin se convirtiese en pintor. En todo caso, él menos que nadie.
Nacido en el norte de Francia en una región minera, ya a sus catorce años estaba trabajando en una mina de carbón. Durante su juventud, esta actividad laboral sólo se vería interrumpida por un breve período en el cual debió cumplir tareas en el ejército.
Pero en 1911, cuando Augustin ya tenía treinta y cinco años, veinte de los cuales había pasado como minero sin manifestar vocación artística alguna o talento para ello, sucedió algo completamente inexplicable.
Una tarde en que se encontraba trabajando solo en una parte aislada de la mina, oyó con claridad una voz femenina que le decía:
"Un día, tú serás un gran pintor"
Augustin quedó estupefacto. Se quitó el casco, se apoyó en la pared del túnel para tomar un respiro y pensó que la fatiga le habría jugado una mala pasada.
Pero apenas se aprontó para retomar su labor, se escuchó otra vez la misma voz que repitió:
"Un día, tú serás un gran pintor"
Y con Augustin ya en total estado de alerta, la misma frase fue repetida una tercera vez por la misma voz.
Supongo que cada persona reaccionaría en forma diferente ante semejante experiencia. Augustin reflexionó sobre el asunto y concluyó dos cosas bien extrañas: por un lado, atribuyó la voz a la de su hermanita, fallecida siendo niña pequeña. Por otra parte, decidió convertirse en pintor.
El estilo pictórico de Lesage resultó ser extremadamente avanzado para la época. Al principio, continuó trabajando en la mina y pintaba después de su jornada laboral. Dudaba de su valor como artista. No lograba terminar nada.
Pero incidentalmente se introdujo en círculos espiritistas, que por entonces estaban en pleno auge. Y fue allí donde, de alguna manera, encontró confirmación a sus ideas. Durante las sesiones espiritistas, recibió "comunicaciones" que provenían de diversas fuentes.
Básicamente, los mensajes afirmaban que su hermana era quien le había hablado y que habría de convertirse en artista de una forma bastante especial: a través de los espíritus.
"Las voces que escuchaste son reales. Tú serás un gran pintor, no tengas miedo y sigue nuestros consejos. Nosotros haremos los trazos a través de tus manos. No intentes entender."
Esta vez, Augustin no dudó. Y finalizó su primer pintura:
"Las voces" le indicaron a Augustin qué colores, pinceles y mezclas debía usar. Hasta el tamaño del lienzo fue ajeno a la decisión de Lesage: encargó a un amigo que comprase uno de pequeñas dimensiones, pero éste confundió las medidas y se apareció con un lienzo de tres metros cuadrados.
Augustin se aprestó a cortarlo en trozos menores, pero "las voces" le dijeron que lo dejara así.
Y continuó pintando:
Lamento no poder poner imágenes más grandes en el post, porque es increíble el detalle y la simetría de estas composiciones. En cuanto a la técnica empleada, Lasage siempre afirmaría que él no pintaba nada, que su mano era guiada por otros.
Quienes lo vieron trabajar, afirman que lo hacía sin bosquejo previo alguno y con extraordinaria rapidez.
Visto así, se puede decir que fue un precursor de algunos métodos (si pueden llamarse así) que los surrealistas emplearían: el dibujo y la escritura "automáticas", provenientes del subconsciente.
Lo cierto es que el artista se abrió paso poco a poco en el mundo de la pintura. Producía obras muy originales, siempre dentro de su peculiar estilo. Y se produciría otro episodio enigmático en su vida.
Hacia 1937, Augustin se vio asaltado por sueños recurrentes acerca de la vida en el antiguo Egipto. Puesto que se repetían una y otra vez, decidió usarlos como tema para su trabajo. Así fue realizando diversos cuadros que introducían símbolos y figuras con arreglo al arte egipcio antiguo.
Una de esas pinturas se tituló "La cosecha en Egipto". Tras terminarla, Lasage sintió una inexplicable necesidad de visitar Egipto a como diera lugar.
En principio, esto no suena tan raro como pudiera parecer. Cualquier persona con sensibilidad por el arte (sea o no un artista) gustaría de ver por sí mismo los antiguos monumentos de ese país. Y allí se dirigió él.
Lo que sí resulta extraño del asunto es que insistió en llevar consigo "La cosecha en Egipto". Según dijo, por indicación de "las voces".
En 1939 partió a Alejandría, luego visitó El Cairo y finalmente Luxor. Estando en este sitio fue que sucedió algo completamente inesperado: Lasage y sus acompañantes visitaron una tumba antigua donde se hallaba un muro pintado que mostraba lo mismo que se veía en "La cosecha en Egipto", con asombrosa similitud.
Demasiado para ser casual. Lo cierto es que la tumba visitada por Lasage fue descubierta en 1905 y sus diseños figuraban en un libro editado en 1930, de modo que el pintor francés pudo tomar conocimiento de ellos a través de ese canal y no de "las voces". Pero la duda siempre quedará.
Veamos algunas de sus pinturas egipcias y detalles de las mismas:
En total, el artista produciría unas 800 obras de variada gama temática. Desde diseños casi geométricos hasta escenas del Egipto antiguo, pasando por motivos de Creta u Oriente Medio.
Su paleta no cambiaría mucho, en cambio.
Pintó hasta 1952, cuando diversos problemas en la vista le impidieron continuar con su arte. Hoy en día, sus obras integran museos y colecciones particulares. Aunque no sé si decir "sus obras" o, en su defecto, "las obras de sus voces".
En todo caso, fue un pintor muy especial.
lunes, 7 de noviembre de 2011
NAUFRAGOS DEL TIEMPO
1943 no era un buen año para andar navegando por el Pacífico. Las acciones de la Segunda Guerra Mundial estaban en pleno desarrollo.
Como suele suceder, las grandes batallas pasaron a los libros de Historia, mientras que los episodios pequeños sólo encontraron cabida en algunas notas de prensa de tono anecdótico.
Precisamente, lo que les voy a contar a continuación es uno de esos hechos minúsculos, tan inusual que encuentra cabida en este blog de cosas raras. A falta de un nombre, el episodio podría titularse como un encuentro con tres náufragos del tiempo.
Nuestra historia empieza entonces en 1943 y transcurre en una zona próxima al archipiélago Bismarck (al noroeste de Nueva Guinea), donde un grupo de tres lanchas torpederas norteamericanas se encuentra patrullando.
Recorren las islas volcánicas de la zona, buscando indicios de la presencia japonesa y tomando nota de las zonas minadas. El comandante de la patrulla es un oficial llamado James Myers.
Ya cortos de combustible, están casi al límite de su rango de acción cuando un marinero da el alerta: parece haber presencia humana en una pequeña playa de una islita sin nombre. Todo el mundo ocupa sus puestos de combate y se prepara para la acción. Myers toma sus binoculares y se lleva una sorpresa: dos hombres agitan sus brazos para llamar la atención de la flotilla, mientras un tercero intenta usar un espejito para hacer señales.
No son japoneses. Se trata de dos hombres blancos y un nativo. Myers da las órdenes pertinentes para que su lancha se aproxime y usa una balsa de desembarco, mientras que las otras dos torpederas se mantienen alerta.
Debe proceder con cautela, pues los japoneses han usado prisioneros para atraer rescates y atacar a quienes acuden.
Finalmente, entre señas y gritos, los hombres de la playa les han indicado el camino menos peligroso para llegar a la costa.
Myers desembarca con su pequeña dotación y es entonces cuando uno de los hombres blancos se adelanta y le tiende la mano. Hablando en inglés, se presenta como Ben Patterson, de nacionalidad británica.
Acto seguido, Ben presenta a sus compañeros: un francés de apellido Lafaye y un nativo al que simplemente apodan "Doug". El británico afirma ser el capitán de un buque pesquero, el "Rabaul King", habiendo naufragado tras chocar contra un arrecife.
Si han podido subsistir, ha sido gracias a la pesca, los frutos naturales y la inesperada presencia de cabras en la isla, quizás dejadas allí por alguna expedición. El agua no es un problema, pues existe una laguna interior de agua dulce.
La conversación es interesante, pero en medio de ella surge el peligro. Se divisa un aeroplano lejanísimo, que los binoculares de Myers pronto identifican como un Mitsubishi Ki-15, avión de reconocimiento japonés.
Myers no sabe si la tripulación del aparato ha visto o no su flotilla. De todas formas, no puede arriesgarse: toma la decisión de volver a la lancha torpedera y retirarse. Por supuesto, pretende incluir también a los náufragos en su regreso a la base.
Pero se encuentra con una sorpresa: los tres le dicen que se quedarán en la isla.
En particular el capitán Ben le explica a Myers que, si les hicieron señas para que desembarcaran, fue sólo para advertirles de un peligro: un grupo de destructores japoneses estaba en la zona y la dirección que llevaban las tres lanchas torpederas les hubiera hecho ir directo a ellos.
"¿Puedo hacer algo por usted?", alcanzó a decir Myers.
"Llévele esta carta a mi esposa, que está en Brisbane", contestó el capitán Ben.
Myers se retiró a toda prisa y transmitió la posible posición del grupo enemigo. Al regresar a la base, su superior le confirmó que habían localizado siete destructores japoneses en el rumbo informado por los náufragos.
"De buena se salvó al tener esa información", le comentó el comandante.
Y era cierto, porque la potencia de fuego de siete destructores habría sido mortal para la flotilla de lanchas.
La guerra es la guerra y aún tenía reservadas varias vicisitudes peligrosas para Myers. Pero ninguna tan terrible como aquella de la cual fue advertido por tres náufragos.
Decidió que, apenas pudiera, localizaría a la esposa de Ben Patterson y entregaría la carta personalmente, además de ocuparse de que una nueva partida de desembarco acudiera a la isla.
Pero su misión tuvo que esperar tres años para poder llevarse a cabo. Recién entonces fue que, ya con la guerra finalizada, las aguas del Pacífico fueron seguras para la navegación civil. Allí fue cuando Myers rentó un pequeño navío, con la idea de regresar a la islita de los náufragos.
Nunca pudo ubicarla, pese a que realizó tres viajes.
La explicación más plausible fue que, siendo una isla volcánica, quizás hubiera desaparecido por motivos naturales, erupciones submarinas o lo que fuera.
El siguiente paso de Myers fue acudir a Brisbane y tratar de ubicar un domicilio de Ben Patterson.
La capitanía del puerto le pareció una buena opción para empezar, dado que llevaba registros fiables de buques y tripulaciones. Además, la presencia de un amigo en esas oficinas le facilitaría las cosas.
Sin embargo, los datos aportados por el amigo de Myers fueron desconcertantes. El único buque desaparecido de nombre "Rabaul King" se había hecho a la mar por última vez en 1901, o sea, cuarenta y cinco años atrás. Su capitán era Benjamin (Ben) Patterson, oriundo de Gran Bretaña, nacido en 1861.
Pero el Ben Patterson que vio Myers no era, precisamente, un hombre octogenario.
¿Entonces?
Aún quedaba una posibilidad de averiguar la verdad: una dirección en las afueras de Brisbane.
Durante la guerra, Brisbane había sido importante base aliada. Esto había traído consecuencias indeseables: superpoblación, cierre de escuelas, aumento del crimen, desplazamiento de los civiles hacia lugares más tranquilos, etc.
Myers no tenía demasiadas esperanzas, pero acudió a la dirección con la carta encomendada.
Quedó petrificado cuando fue atendido en la puerta por un hombre muy parecido, en aspecto y en edad, al náufrago Ben Patterson. Pero no era él.
Entrecortado, Myers explicó el propósito de su visita al hombre, que no pareció sorprenderse en absoluto. Por el contrario, le hizo pasar y, acto seguido, trajo a su presencia a la esposa de Ben Patterson, que era una señora de unos ochenta años.
"Mamá, este es el señor Myers y trae otra carta de papá", dijo el hombre con total naturalidad.
Y acto seguido, le explicó al boquiabierto Myers la increíble situación.
Ben Patterson había desaparecido en 1901, estando embarazada su esposa. Capitaneaba el buque "Rabaul King", en el cual tanto el francés Lafaye como el nativo Doug eran parte de la tripulación.
Todas las búsquedas del barco o de posibles supervivientes de un naufragio habían fracasado. Pero el tiempo pasó y un día de 1905 apareció una persona que traía una carta de Ben para su esposa.
El portador de la misiva navegaba un pequeño yate y al pasar cerca de una isla que no estaba en su mapa, notó que tres hombres le pedían que se acercara a la costa mediante señales y gritos. Al acortar la distancia, le dijeron que guareciera su yate en una bahía de la isla, pues se aproximaba una terrible tormenta.
Un poco incrédulo, lo hizo de todas maneras y esto fue su salvación, pues efectivamente se desató una tempestad, que habría hundido su embarcación en caso de hallarse en alta mar.
Pasado el mal tiempo, se ofreció a llevar a los tres hombres de regreso con él, pero estos declinaron volver. Y uno de ellos le pidió que llevara esa carta.
Con los años, la escena se repitió una y otra vez. Una o varias personas eran salvadas de un peligro inminente que no conocían, al acudir a la isla ante las señas y gritos de los náufragos. Y luego se les pedía que trajeran una carta.
La señora Patterson, si al principio no había entendido los motivos que tuviera su esposo para permanecer en esa isla, pronto comprendió que se trataba de un hecho sobrenatural. Los años pasaban, pero cada portador de una misiva había visto a un Ben Patterson que no avanzaba en edad. Y cada carta, a la vez que transmitía un mensaje de amor para la señora Patterson y su hijo, aclaraba que Ben no podía regresar pues tenía "una misión de ayuda al prójimo que cumplir".
La señora Patterson fallecería en 1949, tras recibir 62 cartas de su esposo "desaparecido" en 1901, siempre traídas por personas que habían sido salvadas de un peligro inminente.
¿Salvadas por quién? Por tres náufragos del tiempo.
La historia se conoció cuando James Myers publicó un libro contando sus anécdotas de guerra. La obra pasó sin pena ni gloria por las librerías, pues corrían tiempos donde todo el mundo quería olvidarse de la guerra. En cuanto a la prensa australiana, el episodio de los náufragos y las cartas mereció una nota de muy breve extensión, donde fue catalogado como "cuentos de viejas".
Pero en este blog le damos crédito.
domingo, 3 de julio de 2011
LO INEXPLICABLE
La investigación parapsicológica tuvo, en las primeras décadas del siglo XX, un apogeo bastante complejo. Lo ridículo se mezclaba con lo serio, lo científico con lo circense. En medio de ese entrevero, una serie de investigadores se abría paso lo mejor que podía.
Uno de ellos fue Samuel G. Soal, profesor de matemática en la Universidad de Londres, quien se interesó por los fenómenos paranormales y se unió a la Sociedad para la Investigación Psiquica, grupo que intentaba explorar y sistematizar dichos fenómenos.
Soal era considerado "un hueso duro de roer", es decir, alguien que estaba muy lejos de ser un crédulo fácil de engañar. Por eso mismo es interesante el caso que les voy a contar, en el cual intervino personalmente.
Allá por 1920, los investigadores de la Sociedad tomaron conocimiento de una señora llamada Blanche Cooper, quien se suponía era "clariauditiva". Es decir, tenía la facultad de oir sonidos o comunicaciones, voluntarias o involuntarias, de personas (vivas o muertas) a gran distancia.
El profesor Soal comenzó a participar en las sesiones donde se investigaba a la señora Cooper. A través de esas jornadas, ya había escuchado a la mujer emitir diversas voces de personas que se "comunicaban", pero no hallaba nada de particular o significativo.
Un punto de inflexión comenzó cuando la señora Cooper anunció en una sesión que su "comunicador" de ese día era Frank Soal, nada menos que un hermano fallecido del propio profesor. Ya en estado de alerta, Samuel escuchó las palabras pronunciadas por la mujer, pero ni siquiera encontró que la voz se pareciera a la de su hermano.
Las sesiones se prolongaron con diversos "comunicadores" y Soal no encontraba nada remarcable en ellas. Hasta que un día sucedió algo particularmente extraño:
"Frank está aquí, señor Soal. Y ha traído a alguien que usted conoce.", anunció la mujer.
Comenzó a hablar y, por vez primera, el profesor Soal supo que estaba ante una voz conocida. Pero no lograba asociarla con un nombre. De todas formas, tras hablar un rato, la voz se identificó como Gordon Davis, antiguo compañero de estudios del profesor. Allí fue cuando Soal identificó plenamente la voz, que concordaba con la de esa persona, a quien no veía desde unos quince años atrás.
Y la voz continuó hablando, relatando punto por punto la última conversación que había tenido con Soal, cuando se encontraron en un andén de trenes. El profesor no dijo nada en el momento, pero la conversación relatada era correcta en un cien por ciento. Decidió poner a prueba a la señora Cooper y dejar que continuara hablando la voz, para ver si caía en equivocaciones.
El momento del error pareció llegar cuando la voz de Gordon Davis explicó cómo era la casa en la que vivía actualmente. Por lo que el profesor Soal sabía, Davis había muerto en la guerra, de modo que la equivocación era apreciable.
Para ver qué decía la señora Cooper, el profesor pidió más detalles de la casa de Davis. Y la voz describió exhaustivamente la casa por fuera, además de dar muchos detalles de los ambientes, los cuadros, un par de candelabros de bronce muy extraños y un pajarito negro sobre el piano.
A esa altura, Soal estaba plenamente convencido de que la señora Cooper se inventaba todo. Había acertado en la conversación que tuvo con Davis, pero podía ser una casualidad, porque la charla había versado sobre temas comunes a cualquier par de condiscípulos que se encontrase siendo adultos.
Luego de esa sesión, Soal dejó de asistir y fue relevado por otro investigador. Consideraba que no había nada interesante en Blanche Cooper, salvo una gran imaginación.
Pero cambió de opinión cuatro años después, cuando se encontró por casualidad con Gordon Davis, quien no había muerto en la guerra y trabajaba como agente de bienes raíces en Southend.
Davis lo invitó a su casa y, para sorpresa del profesor Soal, era idéntica a lo relatado por Blanche Cooper (incluyendo hasta los raros candelabros y el pajarito negro sobre el piano).
Por supuesto, el caso tuvo todos los ribetes necesarios para ser inexplicable. Por un lado, porque la señora Cooper había cometido varios errores (las voces anteriores a la de Davis no eran identificables con las que personas en cuestión). Por otro lado, porque el profesor Soal no tenía en mente a su antiguo condiscípulo el día que la voz de Davis apareció (con lo cual se elimina la posibilidad de que la señora Cooper "tomara" los datos de las personas presentes en la sesión).
Y por último, lo más raro de todo: en el momento en que se realizó esa sesión, Gordon Davis vivía en otro lado y nunca había visto la casa en cuestión. Ni él mismo sabía que se mudaría allí.
viernes, 1 de julio de 2011
LAS EXTRAÑAS EXPERIENCIAS DE UN AVIADOR
Víctor Goddard fue un integrante pionero de la Real Fuerza Aérea británica. Atravesó dos guerras mundiales y sobrevivió, lo cual no es moco de pavo. Pero por si esto pareciera poca cosa, diremos que este hombre tuvo, a lo largo de su vida diversas experiencias con el mundo de los fenómenos paranormales.
La primera de ellas le aconteció con apenas once años de edad, pero siendo ya cadete de una escuela militar (los tiempos eran otros y se podia ingresar a una carrera en la milicia con muy poca edad).
El año era 1911 y el pequeño Víctor estaba feliz por tener un fin de semana para estar en familia. Pero apenas llegó a su casa notó una extraña inquietud en su madre, un desasosiego que la turbaba.
¿Cuál era la causa? La señora había leído las noticias sobre una crisis militar en Marruecos, la cual podía derivar en una guerra entre Francia y Alemania, con Inglaterra seguramente interviniendo en caso de producirse.
Mientras la madre de Goddard le hablaba de sus temores, lloraba continuamente. Y fue entonces cuando el pequeño, movido por el deseo de consolarla, soltó de golpe unas palabras que le salieron sin saber de dónde:
"No te preocupes, madre. No habrá guerra hasta agosto de 1914. Y durará hasta 1918, pero yo estaré bien".
Naturalmente, la señora no se calmó en absoluto. Simplemente, consideró que su hijo le estaba diciendo cualquier cosa, lo primero que le venía a la mente para que se tranquilizara. Pero esas palabras volverían a la mente de ambos en agosto de 1914, cuando Inglaterra entrase en la Gran Guerra (que posteriormente se llamaría Primera Guerra Mundial).
Precisamente tras el fin de esa guerra (que atravesaría sin un rasguño, como le vaticinó a su madre) es que Víctor Goddard tendría un segundo contacto con los fenómenos paranormales.
El año es 1919 y encontramos a Víctor enrolado en la fuerza aérea. La guerra ha terminado hace apenas un par de meses, cuando el escuadrón recibe una típica orden británica: deben tomarse una foto de grupo para que sea incluída en los archivos oficiales.
Se trata de menos de 200 hombres, un escuadrón bastante raleado por los avatares del combate. Pero una orden es una orden y todos se ponen al servicio del fotógrafo militar enviado. Se los agrupa y se toma la foto, que debe ser perfecta para los archivos de guerra.
Luego del revelado, el profesional examina puntualmente la imagen para determinar si servirá o si, en su defecto, habrá de tomarse otra.
Es entonces cuando el fotógrafo se siente fastidiado. En una parte de la imagen aparece un hombre que parece haber llegado tarde a la foto. Ni siquiera se ha puesto la gorra del uniforme. Y no se le ve bien, pues está detrás de un compañero, casi oculto. Además, supone el fotógrafo que a causa de la iluminación y las sombras, su silueta es difusa.
Lo vemos a continuación, en la parte de la foto donde aparece y en una ampliación:
El fotógrafo sabe que el hombre será sancionado, pero no tiene otro remedio más que informar al comandante y solicitar permiso para volver a tomar otra imagen. Ya en el despacho del comandante, explica la situación y el oficial, que examina la foto, de pronto palidece.
Apenas balbucea unas enigmáticas frases como respuesta:
"No se tomará otra fotografía, eso se lo aseguro. El escuadrón está....realmente completo en la imagen y además.....no puedo ordenarle al sargento Jackson que pose con la gorra para usted".
Cuando el fotógrafo pregunta el motivo, la explicación lo deja atónito:
"El sargento Jackson falleció el día anterior a que se tomara la foto. Y el escuadrón llegaba de su entierro cuando los hicimos agruparse para usted."
La foto, por supuesto, no fue repetida. Está en los archivos oficiales británicos y, dadas las circunstancias, muchos hombres del escuadrón solicitaron una copia (Goddard entre ellos).
El sargento mecánico Freddy Jackson (que es el hombre sin gorro) había muerto efectivamente en un accidente antes de tomarse la fotografía.
La siguiente experiencia paranormal de Goddard le acontecería en 1935.
Para entonces, Víctor Goddard era un excelente piloto militar. Y una mañana se hallaba al mando de un biplano Hawker Hart (como el de la imagen anterior), cuando atravesó una peligrosa situación.
El tiempo era muy malo y se hallaba volando en Escocia sobre terreno montañoso. Las nubes eran tan copiosas y oscuras que Goddard intentó elevarse por encima de ellas para tener una visión mejor. Pero había llegado a los ocho mil pies de altura sin superar las nubes, cuando tuvo una desgracia: el motor falló y el avión comenzó un abrumador descenso en espiral.
El espiral se transformó en picada incontrolable y Goddard se encaminaba hacia una muerte segura. Luchando con el motor y los controles, se encontró más pronto que tarde a unos doscientos pies de altura, cuando recuperó la funcionalidad del aparato y lo enderezó a tiempo.
Estaba tan cerca de tierra que las nubes quedaron encima de su avión y la visibilidad era buena, a tal punto que lograba ver un aeródromo militar cercano:
Goddard sabía que se trataba del aeródromo de Drem, pues era el único en la zona. Pero algo no andaba bien en su aspecto: se veían edificios nuevos y algunas estructuras estaban pintadas de colores diferentes. Por supuesto, esos cambios eran imposibles en el breve tiempo pasado desde el despegue.
A fin de observar mejor, el piloto decidió hacer una pasada sobre la pista. Y allí fue donde entendió que algo anormal estaba sucediendo, pues vio a varios mecánicos vestidos de mameluco azul, que trabajaban en aviones de color amarillo, uno de ellos un monoplano como el que vemos a continuación:
Lo cierto es que nada encajaba. La Real Fuerza Aérea no tenía monoplanos como ese, no pintaba sus aviones de color amarillo y, encima, sus mecánicos no tenían overoles azules.
Además, el personal de tierra del aeródromo no parecía ver el avión de Goddard ni reaccionaba al ruido de su motor.
No era momento para reflexiones, porque el avión podía fallar otra vez y Goddard tenía que llegar a su destino. Se encaminó hacia la base de destino y allí se reportó. Comentó el incidente con sus superiores y éstos fueron expeditivos: le preguntaron directamente si estaba borracho.
Ya en conversación con sus colegas, el piloto obtuvo la confirmación a sus ideas: el aeródromo de Drem no tenía nada de lo que Goddard vio.
Prudentemente, Goddard no incluyó nada de lo que le pasó en su reporte oficial, donde quedó asentada la falla del motor y nada más. Pero tanto él como sus camaradas recordarían lo sucedido cuatro años más tarde, en 1939, cuando algunos aparatos de la R.A.F. comenzaron a usar el color amarillo, los mecánicos militares fueron provistos de overoles azules y un monoplano igual al visto por Goddard comenzó a ser utilizado para entrenamiento (el Magister M14).
Por supuesto, fue el año en que el aeródromo de Drem fue reacondicionado y se agregaron nuevos edificios.
El último suceso extraño que le aconteció a nuestro amigo Goddard fue en 1946 y comenzó en la ciudad de Shanghai.
Recién había terminado la Segunda Guerra Mundial y Víctor Goddard pasaba su última noche en la ciudad. Estando en una fiesta de camaradería, precisamente ofrecida en su honor, uno de los presentes se le acercó y le dijo en un aparte:
"No sé si debería decirle lo que voy a contarle, pero tengo que hacerlo para estar en paz conmigo mismo."
Quien hablaba así era un conocido de Goddard, el capitán Gladstone (por entonces comandante de un crucero británico). Y la historia que relató acto seguido fue más que extraña.
"Soñé que usted partía en un avión con la tripulación y tres pasajeros civiles. Creo que el aparato era un Dakota. Lo que quiero decirle es que, en ese sueño, vi también que el vuelo tenía dificultades, teniendo que hacer un aterrizaje forzoso tras pasar unas montañas. Pero todo salia mal, se estrellaban y morían, incluido usted."
Goddard sopesó muy bien las palabras de su interlocutor. Las experiencias vividas con anterioridad le habían enseñado a considerar seriamente los fenómenos paranormales. Pero un sueño era, la mayor parte de las veces, sólo un sueño. De modo que tranquilizó al capitán y no volvió a hablarse del tema.
Al día siguiente, cuando Goddard llegó al aeródromo dispuesto a tomar su vuelo, se encontró con la primer sorpresa desagradable: el avión que le esperaba era un Dakota.
El DC3 Dakota era un avión de transporte militar, uno de los tantos tipos usados por entonces. Pero tampoco era tan raro que le hubiese tocado uno. Lo que sí hubiera sido raro, pensó Goddard, es que hubiera pasajeros civiles en su vuelo militar, cosa totalmente prohibida que, por sí sola, quitaba credibilidad al macabro sueño que le contaron.
Para su sorpresa, tres civiles subieron tras él en el avión. Se trataba del Cónsul General más un periodista y una secretaria que le acompañaban. Las influencias del Cónsul les habían permitido tomar ese vuelo, cosa que iba contra las reglas.
Sin tiempo a decir nada, ya los motores rugían y el aparato rodaba por la pista. El escenario del desastre estaba armado tal y como lo había soñado el capitán Gladstone.
El vuelo comenzó en forma placentera (aunque supongo que Goddard no se sentiría del todo bien), hasta que el aparato comenzó a experimentar problemas. Sumado a esto, el tiempo tormentoso empezó a zarandear el avión. Al fin, ya en territorio japonés (se dirigían a Tokio) el piloto anunció que haria un aterrizaje forzoso, pues no podía continuar en vuelo.
Goddard miró por la ventanilla y vio las montañas anunciadas en el sueño. Sabe Dios cómo logró conservar la calma, aunque supongo que si había pasado por un par de guerras espantosas, ya sabría tomar las cosas con cierta filosofía.
Pasaron las montañas, el piloto buscó un claro y realizó el aterrizaje forzoso. Todo igual que en el sueño, excepto que el descenso salió bien y nadie resultó lastimado.
Cuentan que lo primero que hizo Goddard al llegar a la ciudad, fue poner un telegrama para el capitán Gladstone:
"99 por ciento de su sueño fue acertado. Por eso le envío este telegrama desde el más acá."
Goddard moriría con 87 años, habiendo dedicado los últimos veinte a la investigación de los fenómenos paranormales, tema que le interesaba enormemente.
Lo cual no resulta raro, teniendo en cuenta sus extrañas experiencias.
sábado, 25 de junio de 2011
HUNTER Y LOS FANTASMAS
Cada vez que menciono una serie televisiva, parece que yo era el único que tenía TV en el siglo XX.
Me salen con que no la vieron, que no se acuerdan, que eran "muy chicos" en esa época. En fin, como que los estoy viendo cruzar los dedos mientras declaran.
Pero no importa. Igual yo banco.
Esta vez les voy a contar algo sobre Fred Dryer, el actor que personificaba a "Hunter", en la serie que se emitió en USA entre los años 1984 y 1991 (ya sé: ninguno de ustedes era nacido).
Lo cierto es que el buen Fred tuvo su historia paranormal para contar. Y yo se las cuento a ustedes.
Como todas las cosas extrañas, comenzó en forma distendida. Con el actor y su hija haciendo una pequeña "gira" en busca de nuevo colegio para la chica.
En época de vacaciones, es común que los secundarios privados abran sus puertas en USA y organicen visitas para que los padres (y los adolescentes) conozcan sus instalaciones.
En esas vueltas andaban Fred y su hija, cuando llegaron a un instituto que parecía impresionarlos bien a ambos de entrada. Sin embargo, cuando abrieron la puerta principal, el actor notó una sensación gélida que salía del lugar y no se correspondía con la temperatura existente. Pero no le prestó demasiada atención al asunto.
La gira empezó con una alumna mayor, mostrándole a los padres y a los chicos el salón de trofeos (ya saben ustedes que los yanquis le dan gran importancia a las competiciones deportivas, no sé si para formar "deportistas" o para formar "competidores").
Ahí fue cuando nuestro amigo Fred tuvo el segundo (y mayor) chispazo de que algo no andaba bien. Cuando se detuvo a mirar una pared con plaquetas que remarcaban triunfos deportivos, ante sus ojos se transformaron éstas en lápidas.
Se apartó horrorizado y sintió que le faltaba el aire. Su hija acudió en su ayuda y le dijo que había visto lo mismo que él. Nadie más en el grupo notó nada raro, porque ya continuaban animados con otro rumbo.
Pero lo peor estaba por venir.
La visita continuó por la piscina del colegio, que era uno de los mayores orgullos de la institución, por su tamaño y los laureles obtenidos en ese lugar.
Nada que objetar, excepto que cuando Fred y su hija se acercaron al borde, vieron horrorizados que el agua se volvía negra.
Esto ya era demasiado y Fred Dryer se preguntó si no estaba siendo objeto de alguna broma macabra. Pero comprendió muy rápidamente que no había posibilidad de broma alguna, cuando al otro lado de la piscina se materializaron de la nada un par de niños.
Boquiabierto, Fred los examinó: vestían trajes de baño que parecían ser de otra época. Y estaban de cabeza gacha, sin levantar la vista en ningún momento. Parecían dudar si debían o no meterse en el agua.
El actor ya sólo quería salir de allí y sacar a su hija con él. Musitó una excusa y se fueron rumbo a la puerta. Una vez que estuvo en el exterior, ambos parecieron recobrar el buen semblante. Y una vez más, Fred cotejó que su hija había visto lo mismo que él.
De vuelta en el hotel, continuó dándole vueltas al asunto en su mente, intentando buscar una explicación para lo que había visto. Al día siguiente prosiguieron la gira padre e hija, por otros lugares y otros colegios (por supuesto, no eligieron el del incidente).
Semanas después, Fred volvió a la institución donde había vivido el episodio inexplicable, pidiendo entrevistarse con el director. Y le preguntó, sin preámbulos ni medias tintas, si alguna tragedia había acontecido en el colegio alguna vez.
El hombre le contestó que no había nada de que preocuparse, que el colegio era muy seguro. Y para recalcar sus dichos, le comentó que sólo una vez, unos sesenta años atrás, un par de chicos habian fallecido ahogados.
"¿Un chico y una chica?", preguntó Fred.
"Un chico y una chica" contestó el director. "Pero son cosas del pasado".
"No tanto", supongo que habrá pensado el buen Fred mientras se encaminaba hacia la puerta una vez más y se felicitaba a sí mismo por anotar a su hija en otro colegio.
Fred Dryer valoró positivamente el episodio, porque afirma que gracias a ello se volvió a acercar a su hija, en un momento en el que estaban emocionalmente distanciados. Y recientemente se animó a contarlo ante cámaras para un documental televisivo sobre sucesos paranormales.
viernes, 6 de mayo de 2011
LA OUIJA EN SOSPECHA
Un periódico local de Tesalia (Colombia), el Diario del Huila, informó sobre la recuperación satisfactoria de estudiantes de un instituto del lugar, aparentemente afectados por convulsiones y desmayos en medio de una sesión de ouija.
Ya les conté por aquí algunas cosas sobre la tabla ouija (y ustedes hicieron sus propios aportes en los comentarios), pero es interesante el hecho de que se repitan estos sucesos una y otra vez, casi siempre con la participación de adolescentes.
Hasta qué punto se ha tomado en serio el asunto, lo señala la resolución de las autoridades locales, que han dispuesto designar un sicólogo para tratar a los involucrados. Buscan además al dueño de la tabla y a quién o quienes hayan podido inducir a los jóvenes a realizar estas prácticas.
Similar caso documentó el diario El Comercio, de Perú, en relación a un grupo de jóvenes que estaba jugando con una tabla ouija.
Uno de ellos en particular, pensaba que podría comunicarse con su fallecido padre, pero en medio de la sesión comenzó a cambiar de comportamiento y se transformó en un ser desaforado que no pudo ser controlado por sus amigos.
Debió ser atendido por médicos de emergencia, sedado e internado. Al día siguiente, ya recuperadas sus facultades, fue dado de alta.
Como ven, se repiten los casos donde la ouija entra en sospecha. Por las dudas, adolescentes o no, absténganse.
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Actualidad y noticias,
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viernes, 22 de abril de 2011
AGRADABLE Y FANTASMAL
La Casa Whaley es una antigua construcción situada en San Diego (California, USA). Ha sido objeto de restauraciones diversas, pero básicamente no ha cambiado, como puede notarse si comparamos con una imagen del siglo XIX:
De acuerdo a los datos que se disponen, la finca (que comenzó como un simple granero) empezó a construirse en 1856. Al año siguiente se levantó la casa de dos pisos (que fue la primera de sus características en San Diego) y el almacén contiguo.
Si acaso, a su propietario original (Thomas Whaley) sólo puede reprochársele una cosa: que haya comprado un terreno donde antiguamente se había ubicado un cementerio. Pero desde el punto de vista del hombre, era lógico lo que hacía: regenteaba una fábrica de ladrillos a poca distancia de allí y era un lugar razonable para estar siempre cerca de su familia.
Cementerio o no, pocas casas podrán mostrar los niveles de actividad que tuvo la Casa Whaley a lo largo de esos tiempos. El granero muy pronto dejó de usarse como granero: alternativamente fue lugar de reunión de los lugareños, salón de billar, escuela e iglesia. Hasta que al fin fue alquilado al Condado de San Diego para usarse como Juzgado.
Por más que fueron apenas poco más de dos años, el uso de parte de la casa como Corte tal vez agregó un poco más de negatividad al sitio (como si el cementerio preexistente no fuera ya suficiente). Eran tiempos duros y el destino que se decidió para muchos delincuentes en este sitio no fue precisamente agradable.
Al mismo tiempo, otra parte de la casa se usaba como un almacén de ramos generales. Aún se conservan listas de productos que se comercializaban allí, que no varían demasiado de los que hoy en día pueden obtenerse en un supermercado.
Pero la razón para que esta casa entre en los posts de este delirante blog no está en su movida historia ni en la labor de los conservadores y restauradores (que parece magnifica), sino en la aparición de fantasmas en no pocas ocasiones.
Al parecer, siempre se trata de las mismas tres "personas". El primero de ellos es un individuo mal entrazado, de apariencia tenebrosa. Puesto que siempre aparece en la escalera, algunos investigadores piensan que se trata de un ladrón que, en pleno siglo XIX, fue sorprendido y se trabó en lucha con los serenos del almacén.
Logró herir con un cuchillo a uno de ellos, pero en su precipitada huída fue alcanzado y muerto a golpes, precisamente en la escalera.
Los otros dos fantasmas son bastante menos siniestros: se trata de dos niñas. De ellas, una ha sido plenamente "identificada" como una de las hijas del matrimonio Whaley, gracias a retratos familiares que se han conservado.
De la otra niña, nada se sabe. Pero la pequeña Whaley es la que se ve con mayor nitidez: mientras que los otros dos apenas alcanzan la consistencia de un reflejo borroso (lo que se espera de un fantasma), la niña ha sido confundida en más de una ocasión con una simple visitante del museo que hoy está en el lugar. Si se le habla, desaparece de la vista.
La Casa Whaley pertenece al Condado de San Diego desde el año 2000. Es administrada por una organización sin fines de lucro, que desde 1969 preserva el patrimonio cultural de muchos sitios así a lo largo de Estados Unidos.
Por la módica suma de seis dólares, se puede visitar y, aunque sea por un rato, entrar en un ambiente agradable (y fantasmal) de otros tiempos.
Les dejo un video que muestra más:
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